Cuando éramos jóvenes y jugones

Añorando otros tiempos.

Cajas y embalajes. Cachivaches aún sellados. Todo tipo de parafernalias y recuerdos inundaban la vieja y sombría habitación. Algunas de ellas antiguos vestigios de un tiempo olvidado, pero que podrían ocupar sitio en la vitrina de un museo. Otras, sin embargo, a pesar de guardar también una capa gruesa de polvo, no dejaban de ser extraños artilugios sin más valor que el sentimental.

El anciano se ayudó de uno de sus nietos para sostenerse. Viajaba nervioso con la mirada a alguna parte del que sólo él guardaba la llave y conocía la entrada, mientras con su vista cansada y el rostro arrugado recorría intrigado cada uno de los rincones de la estancia en mitad de aquel desorden.

Sonrió al ver lo que antes le llenaba. Allí estaban sus viejas consolas de videojuegos y algún que otro mando. Todavía unos cuantos luciendo como nuevos. Seguramente de ponerlos habrían funcionado. Y los ojos le brillaron por un tiempo.

–Abuelo. ¿Qué es esto? –un objeto de fuste estriado, con la base rígida en negro y una empuñadura móvil rematada en un pulsador blanco, sufría los envites pronunciados del más joven de los muchachos que le acompañaban. Se llamaba Carlos, y hacía sólo una década que acababa de nacer.

El viejo se acercó cuidadosamente a donde éste se encontraba. Con las manos temblorosas y sin perder de vista el hallazgo. Hacía tiempo que creía haber perdido en su memoria lo que entonces fue uno de sus artículos más preciados.

–Esto… –carraspeó, visiblemente sorprendido y casi arrebatando de entre las garras del pequeño aquella pieza tan singular – es… es… ¿cómo le llamaban…?
Y la mirada se le iluminó en un momento fugaz.

–¡Un joystick! –exclamó, como si hubiera resuelto un complicado acertijo.

–¿Pero para qué sirve? –volvió a preguntar, insistente, el pequeño. Con tanta atención sobre su abuelo que se diría que había descubierto algo realmente trascendental para la humanidad.

Y al querer responderle, mil escenas le sobrevinieron a la mente de aquel hombre de edad ya muy avanzada. Recuerdos de antaño en un tiempo que ya apenas era capaz de rememorar. Y se vio a bordo de un helicóptero, atacando en picado sobre un grupo de tanques con un caza, pilotando con muchísimos otros poderosas naves espaciales en mitad de una batalla o transportando mercancías valiosas en una galaxia muy lejana. Recorriendo paisajes y resolviendo misterios. Surcando aguas y océanos bordeando la costa de tierras jamás soñadas.

Y entonces, al hacerlo, se miró las manos salpicadas de callos en los dedos y manchas y, volviendo la vista hacia el pequeño muchacho, se entristeció.

–Ahora ¿En esta época? Ya… para nada…

Todos llegaremos...

Todos llegaremos…

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Escrito por: Dani M

¿Recordáis Odissey? Pues yo estuve allí. Eso quiere decir que con toda probabilidad sea demasiado viejuno o demasiado experimentado. Fue el inicio de una larga, placentera, y duradera enfermedad de la que todavía no me he curado, y que me llevaría a disfrutar de los videojuegos pasando por Master System y hasta PS2.

  • Maraz

    Hola Dani. Gran texto, muy bien escrito y rebosante de nostalgia. Enhorabuena. La verdad es que me resulta extraño pensar en un tiempo futuro donde las personas mayores, los abuelos, tengamos como reliquias guardadas nuestras preciadas consolas y sus respectivos juegos, artículos que durante tantos años han sido catalogados como juguetes para niños… Toda una contradicción.

    • DaniM

      Muchísimas gracias. Pues sí, los ancianos del mañana nada tendrán que ver con los de hoy. 🙂

  • Gran artículo compañero.Sinceramente a mi me encantaría poder en el futuro enseñar tanto a mis hijos como a mis nietos las consolas y juegos con las que disfrute de pequeño y con las que disfruto a día de hoy.

    • DaniM

      creo que todos pensamos hacer lo mismo 🙂